Buenos días Sara, mi primera puta de lujo

Sara completo

A la mañana siguiente de mi primer encuentro sexual con Sara, todo fue magnífico. Había follado por primera vez con una chica atractiva, aunque fuera una puta de lujo.
A la mañana siguiente ella estaba acostada boca arriba con las piernas abiertas. Yo estaba acostado de lado, viendo hacia ella. Cuando desperté amanecí empalmado por obvias razones. Ella abrió los ojos, volteo a verme, y en instantes sujetó mi mano izquierda y la llevó a su parte íntima. ¡Ohh fue delicioso!
Me indicó donde tocar, donde acariciar, con qué intensidad y a qué ritmo hacerlo. Alcancé a sentir su humedad, y eso me puso a mil. Si ya estaba erecto, con eso me puse más duro.

¡Mmh, qué penetración más buena!

Me encantó masturbarla, aprendí muchísimo. Sin que mediaramos palabras, ella se quitó las sábanas con las que nos tapábamos y quedó al descubierto. Con una sensualidad increíble, sus ojos me indicaron un “observa lo que pasará allá abajo”. Yo estaba sin palabras pero con una erección monumental. No supe en ese momento si bajar a comer ese coñito húmedo, o si dejarle ir toda mi erección al fondo para gozar de lo lindo. Ante mi indecisión, ella cogió mi cara con una mano y lo llevó a su cara, y con la otra mano me agarró firmemente la polla y la condujo a su coñito. ¡Mmh, qué penetración más buena! A cambio de unos besos de mi parte, ella me estaba ofreciendo su sexo húmedo, caliente y deliciosamente magnífico.

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Con sus piernas me atenazó con firmeza. Por más que intentara alejarme, no podía hacerlo. Pero estaba lejos de querer alejarme, pues lo que más quería era penetrarla, saborear su tibieza vaginal y aprender lo que era follar.
Como inexperto que era, no supe valorar ese coño delicioso. La verdad es que habré durado unos 15 minutos follando antes de correrme.
Hubiera matado por correrme dentro de la puta de lujo. Así que me aguanté mientras estaba dentro, y cuando supe que eyacularía, la saqué. Me vine en su pechos.
Imposible olvidar para mí mis dos primeras cogidas con ella. Por fortuna no fueron las únicas.