Me quedé trabajando sola hasta tarde en la oficina. Eran las nueve y media de la noche. Mi jefe se había ido hacía una hora y la última persona de limpieza que quedaba había dejado la oficina hacía unos minutos. Tenía la empresa prácticamente para mí sola, con excepción del guardia de seguridad que estaba en la planta baja. Me cercioré de que ninguna cámara de seguridad me estuviese apuntado. Estaba muy estresada, con la cabeza a punto de estallarme, necesitaba un momento de relax para mí.

Me meti la mano suavemente por debajo la falda y empecé a masturbarme. Poco a poco las meditaciones depresivas fueron escapando de mi mente. Se acercaba el clímax. Sentía la tensión en todo mi cuerpo, sobre todo en mi columna vertebral. Me mantenía rígida para estirar el momento lo más posible. Lo que imaginaba me daba ganas de correrme de manera inminente. Deseé que un hombre me penetrara fuertemente. Fantasee con que se trataba de un hombre que era infiel a su mujer. En eso estaba pensando cuando escuché la voz de mi jefe:

– ¿Qué hacés acá todavía?

El tiempo se volvió elástico. Cada segundo pasó a durar un minuto. Atiné a girar la cabeza hacia la puerta y lo ví a mi jefe parado, con los ojos abiertos de par en par, observándome mientras me tocaba. Yo estaba en el momento cúlmine: el punto de no retorno. Le estaba ofreciendo mi coñito: bien mojadito y depilado. Y la cereza del postre estaba en camino. Unos microsegundos separaban mi corrida del impacto final. La mano se me movía sola, por instinto supongo, no hay nada peor que una eyaculación a medio hacer. No tuve tiempo de apuntar a ningún lado, de modo que mojé todo el sillón. Mi jefe estaba pasmado en el marco de la puerta de mi oficina con una mano a mitad de camino de taparse la boca, observándolo todo. Varios restos de mi fluido quedaron sobre el el índice y el anular de mi mano derecha. Me quedé congelada. Sólo atiné a mirar a mi jefe esperando que de su boca brotaran frases como:

–Estás despedida.

–De esto se va a enterar toda la empresa.

–Voy a llamar a la policía, degenerada.

–Esto es asqueroso.

–A partir de mañana vuelves a trabajar en atención al cliente, conmigo no más.

Hubo un silencio largo y hondo. Mi jefe se pasó la mano por el pelo. Estaba un tanto inquieto. Parecía que quería decirme algo pero no se animaba. Hasta que por fín, las palabras salieron de su boca:

–Nunca lo había visto. Increíble… Nunca había visto un squirt en vivo y en directo.

Cualquiera pensaría que él querría follar conmigo. Yo en ese momento en lo único que pensaba era en que me tragara la tierra.

–No tengo palabras para disculparme –fue lo primero que me salió decir.

–Tranquila –dijo con tono cómplice–. Todos nos masturbamos.

–No sé cómo mirarlo a la cara de nuevo –insistí con mis disculpas–. Es todo tan bochornoso esto…

–Despreocupate. No es la primera vez que veo una mujer tocándose. De hecho te entiendo. Te tuviste que quedar aquí sola, cansada y estresada. Yo en tu lugar también me hubiese tocado para relajarme. ¿O te piensas que los hombres no nos masturbamos?

Me quedé pasmada frente a tal confesión. Sólo afirmé con la cabeza y me coloqué bien el tanga.

–Yo mismo me he pajeado aquí en el trabajo. No en la oficina, en el baño. Es humano… El que niega que se masturba es un extraterrestre –dijo mi jefe y se sonrió.

–Se me cae la cara de verguenza –insistí otra vez con las disculpas.

–Me voy. Hace de cuenta que jamás vine.

No podía creer que mi jefe me estaba perdonando la vida. Un hombre tan recto, exigente y moralista de repente me estaba dando vía libre para hacerme dedos en la oficina.

–Adiós. Nos vemos mañana –dijo y se fue caminando hacia el pasillo.

Me quedé cavilando acerca de lo que me confesó. Me costó un poco imaginarlo de piernas abiertas sobre el inodoro, con ese pantalón de vestir tan formal arremangado por debajo de las rodillas, con la bombacha apenas por debajo de los muslos y con ese dedo índice que tantas veces me señaló un error, friccionar su clítoris, conteniendo los gemidos para que nadie escuche. Para que nadie se entere de esa masturbación tan solitaria como la mía, una buena paja de oficina. De sólo imaginar a mi jefa ajusticiándose en un triste cubículo de baño empresarial, la verga se me puso gomosa y finalmente enhiesta otra vez, dispuesta a ser vigorosamente masturbada, sin lugar a culpas. Después del momento tenso, necesitaba relajarme de nuevo. Sólo con la mente despejada se puede trabajar bien.